martes, 21 de agosto de 2007

El campo semántico de la evaluación. Más allá de las definiciones


1. Delimitación conceptual
Todos hablamos de evaluación, pero cada uno conceptualiza e interpreta este término con significados distintos: bien hace usos muy dispares, con fines e intenciones diversos, o bien lo aplica con muy poca variedad de instrumentos, siguiendo principios y normas diferentes, para dar a entender que, en su aplicación, sigue criterios de calidad.
Sin duda que cada uno también actúa en nombre de una evaluación de calidad y defenderá que la suya es una buena evaluación. La relación entre ambos conceptos (calidad y evaluación) es estrecha y, en la práctica docente, difícilmente pueda darse la una sin la otra. Únicamente, cuando se habla de modo aislado y segregado de lo que sólo en la unidad tiene sentido y significado, se puede mantener el discurso. Pero en el estilo propio de la dispersión está su limitación y su poca relevancia, y su nula incidencia sobre prácticas docentes que en sí son complejas.
En términos precisos, debe entenderse que evaluar con intención formativa no es igual a medir ni a calificar, ni tan siquiera a corregir. Evaluar tampoco es clasificar ni es examinar ni aplicar tests. Paradójicamente, la evaluación tiene que ver con actividades de calificar, medir, corregir, clasificar, certificar, examinar, pasar test, pero no se confunde con ellas. Comparten un campo semántico, pero se diferencian por los recursos que utilizan y los usos y fines a los que sirven. Son actividades que desempeñan un papel funcional e instrumental. De estas actividades artificiales no se aprende. Respecto a ellas, la evaluación las trasciende. Justo donde ellas no alcanzan, empieza la evaluación educativa. Para que ella se dé, es necesaria la presencia de sujetos.
Desde el interés de la racionalidad práctica y crítica, caracterizada por la búsqueda de entendimiento, la participación y la emancipación de los sujetos, en la educación no puede darse la evaluación sin el sujeto evaluado, dando por supuesta la presencia del sujeto evaluador. El que hacer conjunto, orientado por principios morales, distingue igualmente lo que representa el enfoque práctico, desde el que hablo, de otro que sea racionalista, identificado con la racionalidad técnica o instrumental. En el primero el profesor está llamado a desempeñar autónoma y responsablemente la profesión docente, participando en la esfera en la que se toman decisiones sobre el curriculum y lo que representa en su implementación. En el segundo, el profesor viene a ser un aplicador de técnicas y recursos en cuya elaboración él no participa directamente, pero al que se le aseguran altos niveles de eficiencia y de eficacia raramente demostrable en el empleo de técnicas de programación y de evaluación.
En el ámbito educativo debe entenderse la evaluación como actividad crítica de aprendizaje, porque se asume que la evaluación es aprendizaje en el sentido que por ella adquirimos conocimiento (ALVAREZ MÉNDEZ, 1993ª). El profesor aprende para conocer y para mejorar la práctica docente en su complejidad, y para colaborar en el aprendizaje del alumno conociendo las dificultades que tiene que superar, el modo de resolverlas y las estrategias que pone en funcionamiento. El alumno aprende de ya partir de la propia evaluación y de la corrección, de la información contrastada que le ofrece el profesor, que será siempre crítica y argumentada, pero nunca descalificadora ni penalizadora.
Necesitamos aprender de y con la evaluación. La evaluación actúa entonces al servicio del conocimiento y del aprendizaje, y al servicio de los intereses formativos a los que esencialmente debe servir. Aprendemos de la evaluación cuando la convertimos en actividad de conocimiento, y en acto de aprendizaje el momento de la corrección. Sólo cuando aseguramos el aprendizaje podremos asegurar la evaluación, la buena evaluación que forma, convertida ella misma en medio de aprendizaje y en expresión de saberes. Sólo entonces podremos hablar con propiedad de evaluación formativa.
Consciente de que el fracaso escolar está ahí el profesor que actúa cabal y razonablemente en favor de quien aprende, trabaja con el ánimo de superarlo. En este sentido, no lo acepta como algo inevitable debido a causas que obedecieran únicamente y de un modo determinante a las capacidades naturales de los sujetos, cuestión de dones innatos, sin tener en cuenta factores socioculturales, económicos, sin descartar los didácticos y los institucionales.
Entendida la educación como acceso a la cultura y a la ciencia —bienes comunes históricamente construidos—, el reto que cada profesor tiene es no dejar a nadie fuera. Tomar conciencia de este hecho es comprometerse con modos razonables de actuar con cada sujeto que se encuentre en esa situación delicada para no excluir a nadie de la participación del saber.
A partir de este marco de referencias, más allá de las definiciones que tan poco resuelven, resulta más fácil recoger una serie de rasgos que pueden ir caracterizando las prácticas de evaluación, según tendencias actuales, si bien en algún caso están referidos a ámbitos de aplicación que trascienden lo educativo en un sentido restringido, tal como pueden ser la evaluación de programas o evaluación curricular como referentes más próximos.

Texto tomado de: Evaluar para conocer, examinar para excluir, de Juan Manuel Álvarez Méndez

Consulta un trabajo sobre la evaluación, en un blog sobre educación musical en Venezuela

3 comentarios:

alfredo447 dijo...

La evaluación debe ser siempre, desde mi perspectiva, una oportunidad para el aprendizaje tanto para el evaluado como para el evaluador; he allí una evaluación formativa integradora.
Si bien es cierto que en la educación no puede darse la evaluación sin el sujeto evaluado, es muy interesante (y tal vez muy necesario) cuando el sujeto evaluador es a su vez el evaluado. Cuando el alumno aprende, de la mano de su profesor, a asumir la autoevaluación como una actividad crítica y necesaria entonces se apodera de una valiosa herramienta para la construcción de sus propios conocimientos, la adquisición de sus aprendizajes, con calidad y permanencia en el tiempo.
Probablemente no se trate de una tarea fácil: enseñar al alumno a evaluarse a sí mismo de manera crítica y argumentada, lo mas objetiva posible, sin llegar a la autodescalificación. Pero esto lo ha de aprender, por supuesto, de un profesor que domine muy bien esa práctica.

"...el título de Maestro no debe darse sino al que sabe enseñar. Esto es, al que enseña a aprender"
Simón Rodríguez

Excelente trabajo, les felicito. Y gracias por la mención.

Roselena Barrios, Onelsy Camacho, Mónica Godoy Molero, Marilys Vanessa Linares y Verónica Pérez Traviezo dijo...

Hola, Alfredo. Gracias por acercarte a nuestro recién creado blog. Apenas estamos comenzando, y nos llena de satisfacción darnos cuenta de que contribuimos de alguna manera a una discusión que es fundamental.
El profesor Gabriel Ugas Fermín, de la Universidad de Los Andes, publicó una ponencia en el año 98 que incluye unas recomendaciones a las y los docentes que nos parecen básicas, y acordes con los nuevos tiempos en que comenzamos a darnos cuenta de la necesidad de incorporar conceptos que trastoquen todo el estado de cosas.
Dice Ugas Fermín: "No haga 'evaluaciones' para asignar numerales al aprendizaje. Aprenda con sus discípulos a juzgar experiencias de investigación nocional, conceptual y categorial de los dispositivos pedagógicos".
Es una nueva tarea que se nos impone, a los docentes y a quienes no lo somos originalmente (en nuestro caso somos una abogada, una licenciada en enfermería, dos administradoras y una periodista).
De nuevo gracias por tu comentario. Esperamos seguir contribuyendo en la divulgación de saberes y de opiniones en torno a esta necesaria discusión.

Anónimo dijo...

Roselena Barrios, Onelsy Camacho, Mónica Godoy Molero, Marilys Vanessa Linares y Verónica Pérez Traviezo
estoy haciendo un ensayo justamente de este tema... me encantaria si me puedes solicitar la pagina o el material donde citaste a Ugas Fermin, por favorte lo agradeceria ñ.ñ